sábado, 10 de mayo de 2014

Pedrezuela



Salimos de Plaza de Castilla a las once y fuimos en coche hasta la casa de campo incomparablemente hospitalaria de Xan. Pasamos la mañana jugando con Didi y Trucho, los dos amigos caninos de Xan. El primero se enamoró perdidamente de la terrier de los vecinos. Sufrió en silencio, igual que los aprendices de escritores, que preparábamos la parrilla, hacemos a veces, ladró a todas las motos que pasaron por la carretera cercana y reclamó con escasa convicción las sobras de la parrilla.



Comimos carnes, embutidos, panceta y secretos y un surtido de ensaladas que Lola había preparado. Nos sentamos a comer bajo una enredadera, y más tarde, a discutir de literatura, bajo la sombra de unos espigados abetos.



La hija de los vecinos de Xan se llamaba Puja, era de origen indio, y nos enseñó a bailar Bollywood.



Los textos estuvieron a la altura de la tarde. Abel leyó y releyó varias de sus poesías. Sonsoles practicó un ejercicio literario que imitaba la voz de un hombre arrepentido. La mayoría de los lectores no se creyó que aquella fuera la voz de un hombre, tampoco que, de serlo, pudiera pensar de esa manera.



Pilar leyó un relato sobre la fiesta de Moros y Cristianos de su pueblo de origen. Detrás de un lenguaje desbordante había una crítica al hombre pusilánime de nuestros días que no es capaz de enfrentarse a una dificultad mayor que la que suponga manejar un ratón de ordenador.



Hermes narró un naufragio. En el barco viajaba mujer que el protagonista había amado toda su vida y la salvaba. También viajaba el hombre que había amado ella, que no sobrevivió. Humor y lirismo servían para arrastrar al lector a una tensión casi mágica.

Miguel leyó un cuento tan sugerente que cada tertuliano habló de él como si hubiera leído una historia diferente. En la historia un español que vive sin ilusión y sin trabajo, viaja a un Báltico hostil para descubrir una mujer y un rayo de esperanza, pero por una razón que ignoramos elige volver a su vida gris, consciente de que va a arrepentirse.



Pilar, la Pilar habitual de la tertulia, hubo dos Pilares esta vez, leyó el último relato de la tarde, que ya había leído en otra ocasión. Una mujer encuentra el mismo escollo con tres hombres diferentes desde su juventud hasta su madurez. Los tres le preguntan “¿tú qué es lo que quieres?” Lo que parece una pregunta resulta ser un test del cual depende la relación. Ella busca una respuesta que los mantenga a su lado, pero solo consigue alejarlos.

Mi opinión, sobre el último relato es que abre muchas preguntas sobre hasta donde llega la incomunicación entre hombre y mujer. Mi opinión, también, es que la respuesta del relato es antiheróica, pasiva, y casi podría decirse, resentida. La narradora, y la protagonista, lejos de rebelarse contra ese examen que no entienden o que las hiere, deciden someterse a él. Es así como el objeto del deseo, lejos de alcanzarse o perderse, se convierte en aquello que las humilla.



La tertulia se alargó hasta las ocho. Algunos habían echado una cabezada, la mayoría participó intensamente en las lecturas. Todos nos fuimos con la cabeza llena de ideas y el estómago saciado de buena mesa. Fue así como pusimos el punto final a un exultante día de primavera en el norte de Madrid.

Más fotos de la tertulia en Flickr.

domingo, 6 de abril de 2014

sábado, 8 de marzo de 2014

El olvido.



En casa de Antonio Costa hablamos del olvido. Él defendió el papel y la tinta y escribir a mano. Alguien defendió que Internet no era un territorio de ciencias, sino de letras.

Juan Antonio Marín leyó un poema sobre el olvido que hablaba también de ser olvidado. Discutimos sobre los perdedores y los vencedores en la literatura. Todo el mundo sabe quien escribe la historia ¿pero es la literatura el refugio que le queda a los perdedores?

Antonio Costa leyó dos poemas. Uno de Leopoldo Panero que acaba de morir (“Trovador fui, no se quien soy”), el otro de Cernuda (“donde habita el olvido.”) Ninguno de los dos requiere comentario.

Donde habite el olvido

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda.



"Trovador fui, no sé quién soy"

Sólo en la noche encuentro a mi amada
de noche, cuando más sólo
en el llano en que no hay nadie
sino una dama que aúlla
con la cabeza en la mano
sólo en la noche encuentro a mi amada
con la cabeza en la mano.

Le ofrezco como el incienso
que otros reyes la donaran
mis recuerdos en la mano
ella me tiende su cabeza
y luego, con la otra mano
lenta a la noche señala.

Solo en la noche, en la hora nona
salgo a buscar a mi amada
y en el llano como ciervos
corren veloces mis recuerdos.

Tuve la voz, trovador fui
hoy ya cantar no sé
trovador, no sé hoy quién soy
y en la noche oigo a un fantasma
a los muertos recitar mis versos.

Leopoldo María Panero

José Leyó a Kundera. Un capítulo de sus testamentos traicionados habla de la novela como un espacio donde se suspende el juicio moral. Su territorio es más cercano al que crea el humor, y el humor es algo difícil de explicar.



El orgullo
Abel introdujo sus haikus con una introducción que no nos pareció nueva. Dijo que acababa de componerlo en un rato y no había tenido tiempo de revisarlo. La discusión podía haber sido sobre sus líneas, pero también se habló de su introducción. ¿Por qué decimos que hemos hecho un poema en diez minutos? ¿Porque así evitamos la crítica? ¿Porque así realzamos el poema con lo poco que hay en él de artificio y de meditación? ¿Hay orgullo en decir que un poema nos vino mientras caminábamos hacia la tertulia?

Nadie sabía la respuesta. De hecho, nadie estaba de acuerdo con qué cosa era el orgullo. Dijimos que no era lo mismo estar orgulloso que ser orgulloso; y que sólo una de las dos expresiones encierra algo malo. También quisimos separar, quirúrgicamente, la diferencia entre el orgullo y la arrogancia. Pero ignoro si lo conseguimos o si acaso llegamos a merecer el adverbio. Sé que el vino estaba bueno y que había vino de pitanza y Rioja y que en algún momento todos queríamos tener razón o simplemente decir algo.

Juan Carlos leyó varios poemas, o el mismo, cambiando el orden de sus versos. Eso nos llevó al arte y a los autores que estaban dispuestos a pelear por que nadie les cambiara una letra. Nos llevó al clasicismo, a Cervantes, a qué es arte y qué no, y qué distingue a los grandes de los que solo imitan a los grandes. Hablamos de qué hace que algunos autores merezcan el olvido. Dijimos cosas solemnes, peleamos por la palabra, seguíamos dando vueltas a la literatura y al arte. Hizo buen tiempo y la hospitalidad de Antonio Costa se unió al calor de aquella noche que ya anunciaba la cercanía de la primavera.


Piet Mondrian. Composición A. 1920.

domingo, 2 de febrero de 2014

En casa de Chon

Manuel leyó un relato urbano sobre el metro de Madrid. Xan y Chon adivinaron el año en que había sido escrito, el Madrid que exhalaban los andenes del texto.

Manuel dijo que su relato no era fruto de su llegada a Madrid, era fruto de sus lecturas, de sus influencias.



Pilar, la nueva Pilar, leyó un relato en tierras exóticas cargado de erotismo. "En Lagarto murió un hombre"

Discutimos sobre adjetivos. Adjetivos calificativos y epítetos, los adjetivos que van delante y los que van detrás. Discutimos sobre cosmética: ¿escribimos para gustar a más y más lectores? ¿somos como un anuncio de televisión o como una campaña de márketing? ¿O necesitamos expresarnos aunque no tengamos un solo lector?

Manuel hablaba de las reglas, todo vale, decía él. No somos esclavos de una disciplina, eso no es literatura. No vale poner vallas al campo.



Jose Ignacio nos dejó a todos boquiabiertos con el arranque de su relato. A un señor del pueblo le tocaba siempre la lotería. Mas adelante el hombre se vuelve loco cual Quijote y finge que es un vaquero del viejo oeste, o bien se lo cree de verdad.

En los últimos párrafos, José Ignacio aprovechó el folio vacío para verter ideas sobre las políticas socialdemócratas y el precio que pagamos por un estado del bienestar. Hubo quien criticó la extensión del discurso político por su sobrepeso dentro de un relato. Yo critiqué, también, que coincidiera tan exactamente con la posición ideológica del autor.

Geles va a leer unas amonestaciones en la no-boda de su hija. Hizo una broma sobre no-matrimonio, y yo le sugerí que podía hacer un no-otras-cosas, y seguir jugando con el no. Pero Xan me advirtio que el ingenio estropearía el sentimiento.

La discusión de aquella noche se centró extraordinariamente. Discutíamos con argumentos y llegábamos a conclusiones. Un discurso lleno de ingenio podía ser literario, pero no podía transmitir la emoción de una madre. Una amonestación podía ser maravillosa, pero no tenía que ser literatura.

Abel leyó varios haikus y un poema sobre la naturaleza.

Maria Rosa leyó "Los ángeles tienen esquís" sobre un acontecimiento de la semana anterior que apareció en la El Mundo. Ocho excursionistas se perdieron en Peñalara y estuvieron a punto de perder la vida de no haber sido rescatados. Ella era parte de la excursión.

Juan Antonio leyó un poema profundo sobre la necesidad de dejar de pensar y pasar a ser, simplemente, como una piedra.

El éxito de la lectura le obligó a un "encore".



Pilar, la habitual de la tertulia, narró una historia de una mujer herida y una amante. El telón de fondo era el Carnaval de Venecia. Y hablamos del carnaval.

Mercedes leyó Estrategias de aproximación. La narradora del relato se apuntó a una piscina pública y le tocó compartir calles con una galería variopinta, y harto conocida de estereotipos. Fue en la selección de ese zoo humano donde sorprendió a todos con su dotes descritivas, o bien de observación.

Xan y Lola hablaron de libros y de nacionalismo, citaron a Carel Capek y su "Guerra de las salamandras" y a Gore Vida, Juliano el Apóstata. Yo hablé del Gran Otro de Lacan. Se habló de qué es arte y qué no, de las Latas de caca de Manzoni.



Yo afirmé que la tertulia estaba dividida entre líricos, que son mayoría, y épicos. Los narradores, los prosistas, tenemos otra forma de valorar el texto, no nos importa tanto la cadencia, preferimos la ironía. No estamos dentro de lo que narramos, la intensidad del sentimiento no nos ayuda, nos entorpece para llegar a ese algo, porque el autor, en prosa, no es el narrador. El yo que vive, no es el yo que escribe.

La narración del incidente en Peñalara iba acompañada, para María Rosa, de la verdad. Ella fue una de las excursionistas, ella estuvo allí. Para un narrador, ese conocimiento de primera mano no es un añadido, es un obstáculo. Manuel repitió la respuesta de Paul McCatney cuando le preguntaron por su canción "Yesterday". Él no se sentía así, Yesterday no era él, era su creación, él se sentía estupendamente. ¿Sería mejor canción si McCartney hubiera sentido aquella nostalgia infinita? Spielberg hizo llorar a una generación con un extraterrestre imposible. ¿Habría sido mejor película si el relato hubiera sido autobiográfico? Puede que alguien piense que sí. Pero yo siempre he contado al extraterrestre irreal, y al niño mecánico de Inteligencia Artificial, como dos pluses del arte de Spielberg. Todo el mundo puede emocionarte con un hijo que busca a su madre (ya sea ET, o David, el robot) pero solo un artista te emociona con un ser mecánico y con un alienígena. Cabe hacer un texto hermoso sobre tu vida; nadie lo niega, pero quien escribe así es un autor de una sola obra.

Tuve la sensación, aquel viernes, de que los textos eran secundarios, y de que estábamos hablando de un tema. Hubo un momento en que me pareció que los textos ilustraban, como un ejemplo, las posturas de las discusiones. Lola llamó la atención para que habláramos del relato y de lo que decía, porque somos autores, y vamos a una tertulia a que escuchen lo que decimos, no a ilustrar con ejemplos las tesis de uno o de otro. Y es verdad que aquella tertulia se desvió y que la discusión engulló a los ejemplos, pero, aunque uno no pretenda que sirva de precedente, aquella forma de leer y engullir, me pareció fértil.

Me gusta discutir reglas, conceptos. El escritor puede seguir un canon, o puede elegir saltárselo, pero creo que no le ayuda nada ignorar que existe un como, un arte, un recetario.

Alguien se quejó de que volviéramos otra vez sobre el tema de la creación, y de la contaminación que la realidad ejerce sobre el arte. Yo en cambio, pensé que volver una y otra vez sobre el tema de qué es literario y qué no, que deuda tiene el arte con la experiencia y tantas otras cosas, no es repetirnos. Me gusta volver a mirar el mismo tema con los ojos de otro viernes, o con los de un nuevo contertulio, o con los del efecto que causa una cosecha de vino más antiguo. Mucho más que repetirme me preocupa la idea de estar de acuerdo y creer que haber estado de acuerdo un viernes establece una regla, y que esa regla tiene que ser respetada, y que en futuras tertulias hemos avanzado y hemos decidido, por fin, qué es literatura, o cuanta realidad tiene que haber en ella, o si el autor puede hablar de sí mismo. Si llegamos a certidumbres, pienso, poco Olimpo nos queda como verdaderos escritores.


El album

sábado, 18 de enero de 2014

Una velada gastronómica y literaria



Lola nos invitó a la tertulia, y a su cumpleaños. Pasamos la primera mitad degustando algunos lujos gastronómicos que había preparado durante la tarde. Mezcló verduras como la cebolla, las alcachofas y el brócoli con salsas exóticas, pasas, higos y nueces.

Vinieron muchos tertulianos; caras conocidas, y caras nuevas. Se repitió la mayoría docente. Disfrutamos de las presentaciones, de la comida y de la conversación. Y, al menos a mi, me pareció particularmente fecundo el largo paréntesis desde la última tertulia en relatos y poemas.



Abel leyó dos haikus y otros tantos poemas propios buscando la quintaesencia de la necesidad de la otra persona. Un contertulio nuevo que se llama Javi Rodríguez leyó unos poemas sorprendentes, con un lenguaje coloquial que escondía horas de trabajo y definió la poesía como algo que se compone con un orden que la haga ser recordada y también como una lucha contra un enemigo, y como un arma que no se escapa de la política.



Juan Antonio proyectó un vídeo de la mirada de un ser querido el primer día que tuvo de vida. Lo acompañó de un texto majestuoso. También tradujo de un modo personal el poema de Ernest Henley (1849-1903) que sirvió de guía a Mandela y que es leído en la versión cinematográfica de Clint Eastwood. Lo adaptó al ritmo castellano con versos endecasílabos. El original es así:

Out of the night that covers me,
Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul. 
In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed. 
Beyond this place of wrath and tears
Looms but the Horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds, and shall find, me unafraid. 
It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.


Mandela y el capitan de la Selección Nacional de Rugby

Rocío, una contertulia nueva mostró un ejercicio literario que practica en Internet con un amigo virtual y a la vez real. Se trata de escribir textos a partir de obras pictóricas. Del famoso cuadro de los amantes de Magritte ella extrajo que ese momento de deseo era todo mientras el mundo que quedaba fuera era de falsedad e imposición. Los amantes no necesitan verse porque en su beso llegan a conocerse más a fondo. Lola discutió la posibilidad del conocimiento entre dos personas.


Los amantes. René Magritte.



Geles leyó un capítulo sobre su viaje a las tierras del perú. Había un taxista preocupado, un niño, una embarazada, colores locales y anécdotas. De la exuberancia de su relato quiere dejar un sello reconocible que es el de su estilo.



Pilar leyó un ejercicio de prosa de un taller literario. Una tablet debía aparecer en la vida cotidiana del siglo XV. Al margen de los peros que un historiador pudiera poner a los anacronísmos, ella demostró que nadie la iguala a la hora de mantener el pulso narrativo de un relato por imposible que sea.

Lola releyó dos relatos intensos. Era una noche que se prestaba a relecturas. José Ignacio leyó un cuento que se permitía la libertad de resolver la historia en la primera línea (La lotería): “Casi olvidado, volvió a la memoria colectiva con la frase de moda, salir del armario; a él, en cambio, lo metieron dentro de uno con un fuerte golpe en la cabeza; personal de habitaciones lo descubrió por el olor, y todo siguió su curso invariable, como se suceden las estaciones.”


El beso. Gustav Klimt.

sábado, 30 de noviembre de 2013

La distancia narrativa



Dice Zizek en "Matrix y la filosofía" que tan loco está el loco que se cree un rey como el rey que se cree un rey. Dice que los celos patológicos de un hombre que cree que su mujer le engaña con otro hombre siguen siendo patológicos cuando la mujer le engaña con otro hombre. En realidad el filósofo esloveno cita a Lacan, y me da que pensar.

Se trata de la distancia entre lo que somos en un mundo de simbolos intersubjetivos y lo que somos realmente. Mi uniforme puede ser de bombero o de médico, pero yo no soy lo uno ni lo otro. Soy yo, y cuando apago un fuego o cuando firmo una receta, no hago otra cosa que interpretar un papel que los demás aceptan. Si se rompe la distancia caemos en un pequeño abismo.

Lacan decía que la Mujer no existe. La mujer, según Lacán es uno de esos roles intersubjetivos que una parte de la humanidad interpreta. A veces se interpreta segun la genitalidad, pero también se puede esquivar ese límite físiológico; los transexuales recurren a la cirugía, otros prefieren el disfraz. Tengo un amigo que resuelve la cuestión sin cosmética. Cuando habla conmigo es masculino, cuando sale por Chueca cambia el tono de voz.

La Tertulia del Farolillo transita a menudo por el enfrentamiento de sexos. Lo hizo anoche, no era la primera vez; es seguro que no será la última. Hay voces que muestran resentimiento hacia el sexo masculino, hay voces conciliadoras que creen que el hombre tiene redención, quien sabe si en la otra vida y después de penosos trabajos forzados en alguna sección de calderas especialmente destinada a tal propósito.



El sector masculino mostraba la misma división. A un lado estábamos los más cobardes que atiplábamos nuestras voces y tratábamos de parecer menos masculinos para ser más aceptados. El otro bando defendía las prerrogativas que acompañan el haber nacido con unos genitales masculinos. Tengo un amigo que dice que prefiere exagerar su machismo porque diga lo que diga la sentencia de culpable está escrita en su frente antes de que empiece a hablar en este tipo de debate.

La guerra de sexos no me parece una guerra literaria porque es una partida con demasiadas cartas marcadas. Por ejemplo yo puedo sentirme solidario con los judíos en una película del holocausto y defender el sionismo con más fervor que Spielberg sin necesidad de ser judío. La batalla de sexos no acepta que yo haga lo mismo. Si intento identificarme con el otro contendiente descubro que pertenezco a la subcaldera que espera más siglos de tortura en el infierno, la de los que "encima van de buenecitos."

En cualquier contienda vibrante hay una carta por descubrir, una verdad por desvelar. Pero en la contienda de los sexos todas las cartas están al descubierto. Los hombres entramos en la conversación con un rasgo acusador, con unas orejas de burro. La genitalidad decide de modo irreversible que estás en el bando culpable y no es posible cambiar la sentencia. Es como tener la piel negra e irte una noche de parranda con el Ku Klux Klan.

En el relato de Geles comentamos que no había ironía. No había distancia entre la autora y los hechos que narraba. Algo parecido se dijo de María Rosa la semana anterior. Sus poemas eran ella, eran lo que sentía, tal como lo sentía.



La distancia entre el yo verdadero y el narrador es el espacio donde suelo sentirme agusto. Cuando a Cela lo echan de una pensión, en "El viaje a la Alcarria" dice que al viajero lo echaron. Todo es ironía, todo es distancia, también las penalidades de aquel viaje. La ironía le permite elegir si quiere ser él o quiere mirar de lejos.

Yo disfruto una discusión donde puedo elegir sacar una bandera o esconderla, ser del Madrid o cambiar por el Barça. Pero una discusión donde ya estoy encerrado en un banquillo por mi color de piel o por un rasgo físico que viene de fábrica me estimula poco.

Matrix escenifica la ironía con un mundo virtual donde el que entra es esclavo de unas reglas que lo aniquilan cuando muere en un videojuego. La mayor ironía del cine de todos los tiempos es ese personaje de Neo que elije que no quiere seguir las reglas del juego, prefiere no sufrir las balas y volar cuando se le antoje. La gran ironía es la gran libertad. Lacan dice que la Mujer no existe, Neo dice que el mundo físico no existe, ni la muerte, ni el dolor. A mi, ayer, me apetecía decir que el Hombre tampoco existe.

sábado, 16 de noviembre de 2013

¿La imaginación es inocente?



El cristianismo dice que los creyentes son culpables de sus malos pensamientos. Buñuel opuso a la mala conciencia cristiana la inocencia de la imaginación. “La imaginación es inocente” dijo en varias entrevistas y en sus memorias. Es de sobra conocido que ningún creador ha ido a la cárcel por matar a sus personajes. Yo, sin embargo, hubiera obligado a hacer un mes de servicios a la comunidad a los hermanos Coen por matar a Brad Pitt en “Quemar antes de leer”, a Szpilman por no ayudar al oficial alemán que le salvó la vida y dejarlo morir en “El Pianista”.

La imaginación es inocente pero Lope pone a prueba las afirmaciones de Buñuel. Su cuento hablaba de un adulto exhibicionista y de menores de edad. Igual que en un cuento de Poe, relatar algo perverso no hace perverso al autor. Tampoco el lector necesita lavar su conciencia. Al menos en la teoría. Pero no es así en la realidad. Los libros de crímenes sanguinarios copan las librerías y los quioscos pero un libro pedófilo no tiene futuro. Alguien citó Lolita, la contertulia que lo hizo tenía un nombre parecido. Pero es discutible si Lolita hubiera llegado a publicarse con los adornos gráficos de la prosa de Lope.

Mi pregunta sigue ahí. ¿Por qué los crímenes de la ficción no son punibles y los relacionados con cierto tipo de sexo despiertan la censura de nuestra conciencia? ¿Es que el cristianismo tiene razón en este punto? ¿Se puede condenar la imaginación en ciertos casos?

Dice Slavoj Žižek que en la pornografía se invierten los papeles de actor y de espectador. El actor, en realidad no se estimula a sí mismo, sino al público. El espectador no está escondido e invisible; es el centro de la acción. Siguiendo el hilo de Zizek, el lector no puede desvincularse de la moral de una ficción si ha participado en ella con su lascivia.



Cuando dicen no, quieren decir sí
Un contertulio sufre mal de amores. Alguien citó a Mark Twain. Lo peor de que te dejen es tener que aguantar que todo el mundo te de consejo. La cuestión se hizo más literaria cuando nos hizo preguntarnos que era un “no”. El cerebro masculino parece educado para traducir el no femenino como un reto, como un sí falto de insistencia. Llevado a sus últimas consecuencias, el sexo femenino no tiene derecho a rechazar a un pretendiente armado de paciencia. Llevado a sus últimas consecuencias el hombre pesado y el violento parecen un poso inevitable. Hay una magia en los lenguajes cruzados y en las incomprensiones de los sexos, en el “vive la diference!”, y en las traducciones simultáneas que han dado lugar a más de un best-seller. Pero también es posible, solo digo que posible, que a veces alguien tenga que tirar la toalla.

Color local
Geles escribe de su viaje a Sudamérica. En el relato abundan los detalles locales, pero falta algo, quizá la viajera, quizá un hilo, quizá un no sé qué. Borges, para afirmar lo innecesario del color local, anotaba en su artículo “El escritor latino y la tradición” que en el Corán no hay camellos.

Además, no sé si es necesario decir que la idea de que una literatura debe definirse por los rasgos diferenciales del país que la produce es una idea relativamente nueva; también es nueva y arbitraria la idea de que los escritores deben buscar temas de sus países. Sin ir más lejos, creo que Racine ni siquiera hubiera entendido a una persona que le hubiera negado su derecho al título de poeta francés por haber buscado temas griegos y latinos. Creo que Shakespeare se habría asombrado si hubieran pretendido limitarlo a temas ingleses, y si le hubiesen dicho que, como inglés, no tenía derecho a escribir Hamlet, de tema escandinavo, o Macbeth, de tema escocés. El culto argentino del color local es un reciente culto europeo que los nacionalistas deberían rechazar por foráneo.
He encontrado días pasados una curiosa confirmación de que lo verdaderamente nativo suele y puede prescindir del color local; encontré esta confirmación en la Historia de la declinación y caída del Imperio Romano de Gibbon. Gibbon observa que en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos
"El escritor argentino y la tradición". Borges.



Más fotos de la tertulia.

domingo, 3 de noviembre de 2013

domingo, 18 de agosto de 2013

Tertulias literarias en Estados Unidos



En Estados Unidos la red social de kedadas se llama meet up. Hay cientos de quedadas en cada ciudad cada día. Los desconocidos quedan para jugar al monopoly, para speed date, para caminar, para bailar, y para hablar de literatura.

Las tertulias culturales son temprano y nunca duran más de dos horas. El organizador pone una hora para acabar, y nadie se queda mucho más allá. Fui a tertulias de tres a cinco, de cinco a siete; la más tardía empezó a las siete.

El americano tiene un punto comedido que le asemeja al británico. No pone gran emoción en sus exposiciones y está encantado de ceder la palabra. Es difícil que haya una estrella en una tertulia; nadie quiere llamar mucho la atención. También es difícil que alguien se quede callado a menos que quiera quedarse callado. Se invita siempre a participar al que menos ha hablado, y nadie le interrumpe. Es como si cuanto más rato está en silencio, más puntos acumula el contertulio para su intervención. Se escucha más al que más ha escuchado.

Las tertulias son tan variadas que hay una cierta especialización. Fui a tertulias de creadores que querían opiniones sobre sus escritos. Para no perder tiempo dejaban el texto publicado en la web de meet up y no se leía en público. También había quedadas de lecturas, donde se programaban libros para comentar. La tertulia de comedia explotaba solo el aspecto humorístico de los textos y no se hablaba de ningún elemento de estilo que no estuviera al servicio de ese objetivo. En la tertulia de Arlington Writers se abordaba un enfoque cada semana, en una se leían textos, en otra se hacían ejercios, y en la que yo asistí, los profesionales explicaron a los principiantes como se entraba en el mundo editorial. Mi tertulia favorita era la tertulia de filosofía. El marco del patio interior del Smithsonian de Foster acogía un grupo variopinto, especialmente de científicos que hablaban de "dead philosophers". Tenían un sesgo americano de entender la filosofía, eran prágmáticos y liberales, aceptaban otras creencias y daban la sensación de aprovechar intelectualmente aquellas dos horas de domingo.

domingo, 2 de junio de 2013

Una tertulia o una charla de taberna

Chesterton fue católico, Chesterton creyó en la Edad Media de los prerrafaelistas (Of London, small and white, and clean), Chesterton pensó, como Whitman, que el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna desventura debe eximirnos de una suerte de cómica gratitud. Tales creencias pueden ser justas, pero el interés que promueven es limitado; suponer que agotan a Chesterton es olvidar que un credo es el último término de una serie de procesos mentales y emocionales y que un hombre es toda la serie. En este país, los católicos exaltan a Chesterton, los librepensadores lo niegan. Como todo escritor que profesa un credo, Chesterton es juzgado por él, es reprobado o aclamado por él. Su caso es parecido al de Kipling, a quien siempre lo juzgan en función del Imperio Británico.
Borges. “Otras Inquisiciones” 1952.

Triste destino el de Borges, verse condenado a la misma pena que no quiso para los demás. Creo que ningún autor en lengua castellana se merecía un premio Nobel como Borges. También sé que tenía escasas posibilidades de recibirlo por su posicionamiento político. La academia sueca le juzgó por su credo, no por toda la serie de procesos mentales y emocionales que era él, una de las grandes individualidades de la literatura del siglo XX.

En la última tertulia de El Farolillo Rojo anoté que no me parecía “una charla de taberna”. Pero no encontré una explicación para diferenciar la charla de taberna de algo especial como una tertulia. Borges me da las palabras. La tertulia es el lugar donde queremos saber que camino ha recorrido el otro, no su punto de llegada. Queremos saber las vivencias, no la bandera. Sabemos que en cada uno de los que se sienta a compartir hay un pasado, un mundo de lecturas, de emoción, de tensión. Queremos oírle, no juzgarle, queremos conocer, no etiquetar.

Dice el proverbio indio que no se debe juzgar a un hombre sin haber caminado diez millas con sus mocasines. Dice Antonio Costa, en su último artículo, que no vale un resumen de dos líneas de Ana Karenina para lo que llevó una vida entera escribir, dice, citando a Jasmina Tesanovic, que la política es idiota porque simplifica y polariza. Dicen los buenos profesores de ciencias que no les interesa el número, o la solución, al final del problema, que quieren conocer los procesos mentales que han llevado a ese guarismo.

Una vez oí decir a un profesor de un taller de literatura después de una clase, tomando unas cervezas: “yo jamás aceptaría un amigo que tuviera esa posición ideológica.” Quizá pensó, igual que Sartre, que la literatura no es inocente, que es un arma en manos de una clase social, y que solo puede existir desde un compromiso, desde una determinada conclusión, desde un juicio, desde un resultado del problema, desde una bandera. Yo solo sé que por un momento, oyendo a aquel profesor de un taller de relato carísimo, pensé que no estaba dentro de una tertulia. Sentí que estaba en una taberna.