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martes, 29 de septiembre de 2009

            El primer día que la acompañó a su casa, ella no le permitió subir y cuando, tras más de un mes de estar juntos, se hallaron finalmente los dos sobre la cama se mostró retraída y más bien inactiva. Aunque, con los días, sí recordaba algún detalle que le había sorprendido en ella, por no casar cabalmente con el resto de su actitud: por ejemplo, cuando algún tiempo después le realizó una felación, había llevado a cabo un movimiento circular con la lengua alrededor del pene, un movimiento en espiral que parecía intrincado y que ella realizó automáticamente, con soltura, con naturalidad, sin darse cuenta...
            Por lo demás, ella se había mostrado adorable, sensible, cariñosa, ingenua,

miércoles, 13 de mayo de 2009

El encanto de Damasco

(Foto: El monte Cassiún al fondo con sus laderas construidas por refugiados)
Fotografía y texto de Ángeles Aragón.
"Yo ya sabía que me iba a gustar Damasco. O mejor dicho, tenía muchas ganas de que me gustara Damasco porque, junto con Bagdad y Basora, eran ciudades con las que soñaba yo de pequeña cuando leía “Las mil y una noches”. Bagdad y Basora no llegué a verlas antes de la guerra y con Damasco no quería esperar más.

Llegué a la ciudad un día de noviembre de 2007, de noche, y en primera impresión predominó el color gris sucio de sus edificios, muchos de ellos grandes y feos, a base de cemento. Además es una ciudad enorme, donde la contaminación se huele y a días incluso se masca, con unas autopistas que la atraviesan y que afortunadamente disponen de pasos elevados para cruzarlas, lo que no impide que de todos modos te juegues la vida cruzando las otras calles “normales”.

Mi primer hotel estaba situado enfrente de la Mezquita de Solimán y cuando a la mañana siguiente salí a la calle y vi Damasco por primera vez a la luz del día, me impresionó el color arena de las laderas atiborradas de casas del monte Casiún, que yo veía detrás de las cúpulas de estilo otomano de la mezquita.
Pero pasarían unos días hasta que..."


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viernes, 6 de febrero de 2009

La calma apasionada


"Se metió en el Teatro Marítimo y se puso a leer. Levantaba la vista y se quedaba mirando sin defensa las paredes con bustos. Soltaba la cara sin ninguna expresión.
A un sirviente que se asomó a comunicarle algo su rostro le pareció terrorífico... Había en él una melancolía que lo deshizo. Dijo: "Dejadme cuidar mi angustia".
Le pareció que en su angustia podía descubrir su secreto. Escribió de nuevo los versos: "Pobre alma mía, errabunda, tierna".
Le pareció que se asomaba a lo otro. El mundo que le rodeaba dejaba de tener orden, era como si apareciera Dionisos. El oficial Fluxus fue a verle y se encontró con lo sagrado.
Se asomó un momento al borde del agua y los soldados quedaron extrañados. Vieron cómo su figura se deshacía en el agua y les pareció una pesadilla. Eudoxia se acercó al pretil, superando su propio miedo. El emperador le dirigió una mirada benévola Sabía que era la única que no trataba de sujetarlo. Que le dejaba sentir lo que quisiese."


COSTA GÓMEZ, Antonio (2008): La calma apasionada. Los últimos días del Emperador Adriano, Cultiva Comunicación S.L., Madrid, pág. 104