domingo, 18 de agosto de 2013

Tertulias literarias en Estados Unidos



En Estados Unidos la red social de kedadas se llama meet up. Hay cientos de quedadas en cada ciudad cada día. Los desconocidos quedan para jugar al monopoly, para speed date, para caminar, para bailar, y para hablar de literatura.

Las tertulias culturales son temprano y nunca duran más de dos horas. El organizador pone una hora para acabar, y nadie se queda mucho más allá. Fui a tertulias de tres a cinco, de cinco a siete; la más tardía empezó a las siete.

El americano tiene un punto comedido que le asemeja al británico. No pone gran emoción en sus exposiciones y está encantado de ceder la palabra. Es difícil que haya una estrella en una tertulia; nadie quiere llamar mucho la atención. También es difícil que alguien se quede callado a menos que quiera quedarse callado. Se invita siempre a participar al que menos ha hablado, y nadie le interrumpe. Es como si cuanto más rato está en silencio, más puntos acumula el contertulio para su intervención. Se escucha más al que más ha escuchado.

Las tertulias son tan variadas que hay una cierta especialización. Fui a tertulias de creadores que querían opiniones sobre sus escritos. Para no perder tiempo dejaban el texto publicado en la web de meet up y no se leía en público. También había quedadas de lecturas, donde se programaban libros para comentar. La tertulia de comedia explotaba solo el aspecto humorístico de los textos y no se hablaba de ningún elemento de estilo que no estuviera al servicio de ese objetivo. En la tertulia de Arlington Writers se abordaba un enfoque cada semana, en una se leían textos, en otra se hacían ejercios, y en la que yo asistí, los profesionales explicaron a los principiantes como se entraba en el mundo editorial. Mi tertulia favorita era la tertulia de filosofía. El marco del patio interior del Smithsonian de Foster acogía un grupo variopinto, especialmente de científicos que hablaban de "dead philosophers". Tenían un sesgo americano de entender la filosofía, eran prágmáticos y liberales, aceptaban otras creencias y daban la sensación de aprovechar intelectualmente aquellas dos horas de domingo.

domingo, 2 de junio de 2013

Una tertulia o una charla de taberna

Chesterton fue católico, Chesterton creyó en la Edad Media de los prerrafaelistas (Of London, small and white, and clean), Chesterton pensó, como Whitman, que el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna desventura debe eximirnos de una suerte de cómica gratitud. Tales creencias pueden ser justas, pero el interés que promueven es limitado; suponer que agotan a Chesterton es olvidar que un credo es el último término de una serie de procesos mentales y emocionales y que un hombre es toda la serie. En este país, los católicos exaltan a Chesterton, los librepensadores lo niegan. Como todo escritor que profesa un credo, Chesterton es juzgado por él, es reprobado o aclamado por él. Su caso es parecido al de Kipling, a quien siempre lo juzgan en función del Imperio Británico.
Borges. “Otras Inquisiciones” 1952.

Triste destino el de Borges, verse condenado a la misma pena que no quiso para los demás. Creo que ningún autor en lengua castellana se merecía un premio Nobel como Borges. También sé que tenía escasas posibilidades de recibirlo por su posicionamiento político. La academia sueca le juzgó por su credo, no por toda la serie de procesos mentales y emocionales que era él, una de las grandes individualidades de la literatura del siglo XX.

En la última tertulia de El Farolillo Rojo anoté que no me parecía “una charla de taberna”. Pero no encontré una explicación para diferenciar la charla de taberna de algo especial como una tertulia. Borges me da las palabras. La tertulia es el lugar donde queremos saber que camino ha recorrido el otro, no su punto de llegada. Queremos saber las vivencias, no la bandera. Sabemos que en cada uno de los que se sienta a compartir hay un pasado, un mundo de lecturas, de emoción, de tensión. Queremos oírle, no juzgarle, queremos conocer, no etiquetar.

Dice el proverbio indio que no se debe juzgar a un hombre sin haber caminado diez millas con sus mocasines. Dice Antonio Costa, en su último artículo, que no vale un resumen de dos líneas de Ana Karenina para lo que llevó una vida entera escribir, dice, citando a Jasmina Tesanovic, que la política es idiota porque simplifica y polariza. Dicen los buenos profesores de ciencias que no les interesa el número, o la solución, al final del problema, que quieren conocer los procesos mentales que han llevado a ese guarismo.

Una vez oí decir a un profesor de un taller de literatura después de una clase, tomando unas cervezas: “yo jamás aceptaría un amigo que tuviera esa posición ideológica.” Quizá pensó, igual que Sartre, que la literatura no es inocente, que es un arma en manos de una clase social, y que solo puede existir desde un compromiso, desde una determinada conclusión, desde un juicio, desde un resultado del problema, desde una bandera. Yo solo sé que por un momento, oyendo a aquel profesor de un taller de relato carísimo, pensé que no estaba dentro de una tertulia. Sentí que estaba en una taberna.

sábado, 25 de mayo de 2013

Lo viajes. Tertulia en la librería de Abel



Leímos un texto de Antonio Costa en el que un gallego viajaba en tren con una mujer hermosa. Cual fue nuestra fascinación cuando descubrimos que la mujer era Marilyn Monroe a la cual todos conocíamos, y queríamos conocer mejor, y cual nuestra sorpresa cuando vimos que el gallego era un rendido Antonio Costa que, por más que todos los lectores lo presentíamos y lo lamentáramos, iba a  verla salir del vagón sin haber conseguido sus favores sexuales.

Xan leyó un capítulo más de su libro que está a punto de ser publicado. Sus dos animales están evolucionando entre aventuras y charlas. Uno de ellos, el perro más cascarrabias, hizo correr por el vecindario el rumor de que sus mordiscos estaban envenenados. No consiguió ser respetado, pero sí consiguió ser rechazado. Su amigo, el perro noble, ingenió otra comidilla para ayudarle. Xan sabía de hablar de la fama y del respeto, de animales que aprenden y de revuelos, con un estilo tan ágil que casi, casi, era invisible.

El cuento de Juan Ignacio hablaba de un amigo rico y un amigo pobre; de deseo carnal y de una mascota. La hija del amigo rico había empezado a madurar, pero, rezagada en su propia inocencia cultivaba la amistad de un cocodrilo. Era un animal de compañía o era un animal al acecho. En algún momento el cocodrilo y y el amigo pobre se fundían en uno solo.

Juan Carlos nos sorprendió con una bellísima canción y con una glosa sobre la letra de la misma que trata del mito de Calypso.


calipso taped on 05/24/13 at 11:57pm with audio app TINYVOX

Abel, que ofreció cortesmente su librería, leyó un poema de Carver.
 
MIEDO
Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.

Ya he dicho eso.

También leyó algunos fragmentos sobre viajes elegidos al azar. Una de sus citas hablaba del miedo a viajar a otro lugar y no tener nada que contar. José habló de sus alumnos. Él está intentando que sus alumnos relaten y los alumnos le responden que narrar no sirve para nada porque ya hay quien estuvo allí, y porque lo importante es ver y sentir, y estar, no el contar.



Se habló de los paraísos fiscales. Alejandro dijo retóricamente ¿por qué hay paraísos fiscales? “Porque hay infiernos fiscales”, respondió él mismo. Hablamos de la presión fiscal en España. La mayoría opinó que era alta, todos que era mejorable. Abel dijo que estaba mal repartida. No era una charla de taberna. No queríamos ganar. Era una tertulia donde todo el mundo estaba a gusto exponiendo un punto de vista. Hubo quien defendió a la corona, hubo quien contó con los dedos de sus manos el tiempo que le quedaba. Nos remontamos a Roma, a su República, a su Imperio.

Hablamos de los vascos y de su influencia sobre el castellano. Hablamos del término castellano, y del nombre de pila Vasco. Hubo quien se definió políticamente, y hubo quien quiso mantener cierta distancia poética, aunque ninguno llegó a conseguirlo del todo. También hablamos de la palabra friqui, y de por qué no decir raro y de su traducción al inglés que no es freak sino geek.

Alguien sacó el tema de los colores. Hay diferencias entre los colores para un hombre y una mujer. Alguien nombró el siena, el índigo, ¿qué color era el granate y el lavanda? Hablamos del futuro del libro, de la autoedición. Hablamos de la piratería y de los programas de retoque fotográfico como Photoshop que requieren años para aprender a usar una pequeñísima parte. Xan ha descubierto que tiene un imitador. Se llama David Pintor.



(Aquella misma noche tuve un sueño extraño. En el sueño yo salía de la librería de Abel acompañado de otro tertuliano. En el camino, él me preguntaba por qué yo hacía tantas muecas durante las tertulias. Yo respondí que yo no hacía muecas. Él sacó su móvil y me enseñó las fotos que me había sacado un rato antes. En una yo gesticulaba como un orangután mientras Xan leía su texto, en otra reía como un payaso mientras todos hablaban seriamente de algún tema. Yo no podía recordar haber hecho ninguna de aquellas cosas…)

sábado, 11 de mayo de 2013

¿Por qué escribimos?



Yo prefiero “por”, alguien dijo que prefería “para”. El “qué” no lo tocó nadie. Hablo del tema de la tertulia del viernes en casa de José. Nos reunimos bajo el epígrafe de ¿por qué escribimos? Y acabamos hablando de de todo un poco, de lo que llevábamos; de lo mal que nos estaba tratando a todos esta crisis económica que ha convertido el trabajo en imposible.

Antonio leyó un texto sobre la literatura. Usó un bisturí afilado para separar cosas que pertenecen al conocimiento, y cosas que pertenecen a esa otra esfera que es el desconocimiento, la sorpresa, la conmoción, la risa o el no sé que. El escritor es el tonto, decía.



Consuelo leyó un fragmento de Heterodoxia, de Ernesto Sabato.
EL ARTE COMO FORMA DE CONOCIMIENTO. Lo que podemos conocer de la realidad mediante los esquemas de la razón se parece a lo que podríamos saber de París examinando su plano y su guía de teléfonos, o a lo que un sordo de nacimiento podría imaginar de una sinfonía observando la partitura.

Las regiones más valiosas de la realidad -la más valiosa para el hombre y su existencia- no son aprehendidas por esos esquemas de la lógica y de la ciencia. Querer aprehender el mundo de los sentimientos, de las emociones, de lo vivo, mediante esos esquemas es como querer sacar agua con horquillas.

De las tres facultades del hombre, la ciencia sólo se vale de la inteligencia y con ella ni siquiera podemos cerciorarnos de que existe el mundo exterior. ¿Qué podemos esperar de problemas infinitamente más sutiles? La realidad no está sólo constituida por silicatos o planetas, aunque buena parte de los hombres de ciencia parezcan creerlo. Un amor, un paisaje, una emoción, también pertenecen a la realidad, ¿pero mediante qué conjunto de logaritimos y silogismos pueden ser aprehendidos?

María habló de Australia y de Madrid. Leyó el discurso de Paul Auster cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias.
Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un lector en todas y cada una de las veces. Lo que explica el particular influjo de la novela, y por qué, en mi opinión, nunca desaparecerá como forma literaria. La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento.

Alejandro defendió la escritura de masas, el folletín, el best-seller, el gusto popular, el gran público. Abel, por su trabajo, conocía ese mundo; lo llamó "la industria". Habló de como se fabrica un best-seller, de los negros y los estudios de mercado. No nos gustaba estar de acuerdo, pero no podíamos evitarlo. Nos producía, a todos, una ictericia, una septicemia, un picor parecido, oír hablar de aquellos otros. Ellos no estaban en ese lado de la verdad que señalaba Antonio. Ellos no eran los tontos, eran los listos.

Juan Antonio leyó un poema. No lo explicó. Juan Antonio interviene para leer sus poemas y no los explica. Son las personas prosáicas las que necesitamos explicaciones. Los poetas, quizá, ya hablan con su poesía.


¿Por qué escribimos? ¿Escribimos para comer o comemos para escribir? ¿Qué hay en un poema que no pueda resolver una ecuación matemática? ¿Es una obra construida con estudios de mercado equiparable a un clásico de la literatura? ¿Los escritores saben algo o son los tontos?

Todo eran preguntas en aquella tertulia de primavera, una primavera que se había hecho de rogar y que había llegado llena de polen. Los tertulianos habíamos venido sin abrigo pero aún no agobiaba el calor. Faltaban muchos, no sobraba ninguno. La tertulia se alargaba con más preguntas. Nadie quería saber las respuestas. El tempranillo estaba bueno, nadie pudo acabar con los entremeses. Fue una tertulia más del Farolillo Rojo.

(El miércoles, 8 de mayo, el diario El País publicaba un artículo sobre el fin de la novela. Se titulaba "Los The End no le van a la novela".)

El jueves, 30 de mayo, Antonio Costa publicó su texto sobre por qué escribimos en el diario Sol de Colombia. Lo tituló: "Escribimos porque somos idiotas".

La mañana siguiente.

miércoles, 1 de mayo de 2013

El Secreto

A mi me explicaron mal la teoría platónica de las ideas. No sé a ustedes, pero estoy seguro de que a mi me la explicaron mal. Escogieron este ejemplo, “Pongamos la idea de una mesa, esa mesa tiene otra mesa más perfecta en el mundo de las ideas”. Si a alguien le explicaron la teoría de las ideas con una mesa como a mi, seguro que aún la recuerda como una pérdida de tiempo. ¿Era tanto pedir que pusieran un ejemplo imaginario? No sé, la idea de lo justo, la idea de lo excelente, la idea de lo bueno y lo malo. En esas ideas, Platón nada como pez en el agua. Mi profesor, en cambio, se paso todo el trimestre hablando de una mesa.

Las escuetas páginas de El secreto, vienen a resumirse en una idea que sería la Ley de la Atracción. Pensar en algo lo atrae. El problema es que odiar es pensar y también atrae. Si dedicas esfuerzos a evitar la guerra, tendrás guerra; en cambio, si piensas en la paz, la cosa puede ir mejor. Hasta aquí es fácil conectar con la autora. Si uno piensa en la persona que odia, la hace más fuerte, si la ignora puede que incluso deje de molestar. El secreto, o mejor dicho, la Ley de la Atracción, se podría usar con tus manías y ver si puedes limarlas quitándolas, primero, de tu mente.

El problema viene cuando Rhonda Byrne, se cree que puede hacer todo con una receta tan esquelética y le dice al lector que si piensa en dinero aparecerá dinero y que toda la humanidad puede vivir saciando sus sueños y que hay para todos en el planeta. Para ser más gráfica se pone a sí misma de ejemplo. Ella pensó en dinero y se hizo rica. Y es probable que sea cierto, pero todos los habitantes del planeta no tenemos la capacidad de contar una obviedad monumental y vender un millón de libros. El premio es sólo para el que llega primero.

Es una cuestión de ejemplos. El interminable debate parlamentario de nuestros días me parece más de lo mismo. Los gobiernos, sean del signo que sean, usan ejemplos pobres, como la mesa de mi profesor de filosofía. Siempre recortan, porque no queda madera, o no quedan clavos. Siempre es la precaria realidad. Luego está la oposición que habla de justicia, de derechos, de ilusión por el futuro. Y claro, uno escucha a la oposición y se llena de alegría, porque esas cosas, como todo el mundo sabe, y como ocurría a Platón cuando uno lee el original, no se acaban nunca.

sábado, 27 de abril de 2013

Du coté de chez Antonio Costa

La memoria



Yo recuerdo, si la memoria no me falla, que hablamos de un libro de Rhonda Byrne que se llama “El Secreto” que todo el mundo conoce y refuta de oídas. Todos sabíamos que su contenido era resumible en una sentenciosa bravuconada: que cada uno escribe el guión de su propia vida, sin saberlo o a sabiendas, y que si uno cambiaba sus pensamientos, cambia, también, su realidad.



Antonio Costa respondió a la síntesis que él no estaba viviendo en el mundo que él mismo había soñado, porque de ser así, él sería un escritor reconocido. El tema podría haber seguido por el camino de aquello que todos realmente queríamos y de aquello que realmente éramos. Pero Lola Petit, que no hablaba de “El Secreto” de oídas, nos aclaró que estábamos frivolizando sobre un libro que va mucho más lejos y que no era resumible con esa ligereza. Aclaró que en nuestro interior tenemos miles de fantasmas que conspiran contra nuestros planes conscientes sin que nos demos cuenta. Y, si bien no acabé de entender aquella conspiración ni tampoco sé si estoy dispuesto a concederle mi crédito, me fui a casa con algo que siempre agradezco en una charla. Me fui con ganas de empezar un libro que antes tenía por ignorable.

María leyó dos relatos propios de distinta calidad, aunque probablemente ella los ame igual, como una madre no puede elegir entre dos hijos. En el primero, un cazador se acerca a la presa que hirió hace mucho tiempo con la esperanza de que ella haya olvidado al autor de sus profundas cicatrices. El segundo tenía menos que ver con la memoria y habría mejorado con un final que no tenía.



Consuelo leyó un trozo de Proust que ha aparecido en incontables tertulias. Era el fragmento de la magdalena de “En busca del tiempo perdido”. El mismo fragmento que había inspirado el tema de la tertulia, La Memoria.



Antonio Costa leyó un comentario sobre una de las películas que más le ha influido en su vida “L'année dernière à Marienbad” de Alain Resnais. Los protagonistas de la obra hablan de un pasado en el que se conocieron, que da título a la película, y que cuando vuelve a ser evocado cambia, o no es reconocido por alguno de ellos.

Fernando, curtido en las artes del periodismo, recurrió a la memoria para traer a la tertulia algunas entrevistas de su pasado. Defendió, frente a todos, la posibilidad de la objetividad. Nuestra percepción de las cosas puede ser objetiva, decía, y nuestro recuerdo también. Los demás creíamos imposibles una cosa e igualmente la otra. Nuestro recuerdo es parcial, y veinte testigos sostendrían veinte versiones diferentes, decíamos.

José leyó un cuento sobre informáticos que usaban una página web famosa para colgar mensajes privados. El relato creó una expectativa en los lectores que no fue recompensada con el final, hecho este que tardarán muchas tertulias en perdonarle. Intervino en la discusión de Fernando para responder que la posibilidad de una memoria objetiva como la de una fotografía o la de un callejero de una ciudad o la de Funes el Memorioso, no era del todo remota, pero sí muy aburrida.

En busca del tiempo perdido. La magdalena

Así, por mucho tiempo, cuando al despertarme por la noche me acordaba de Combray, nunca vi más que esa especie de sector luminoso, destacándose sobre un fondo de indistintas tinieblas, como esos que el resplandor, de una bengala o de una proyección eléctrica alumbran y seccionan en un edificio, cuyas restantes partes siguen sumidas en la oscuridad: en la base, muy amplia; el saloncito, el comedor, el arranque del oscuro paseo de árboles por donde llegaría el señor Swann, inconsciente causante de mis tristezas; el vestíbulo por donde yo me dirigía hacia el primer escalón de la escalera, tan duro de subir, que ella sola formaba el tronco estrecho de aquella pirámide irregular, y en la cima mi alcoba con el pasillito, con puerta vidriera, para que entrara mamá; todo ello visto siempre a la misma hora, aislado de lo que hubiera alrededor y destacándose exclusivamente en la oscuridad, como para formar la decoración estrictamente necesaria (igual que esas que se indican al comienzo de las comedias antiguas para las representaciones de provincias) al drama de desnudarme; como si Combray consistiera tan sólo en dos pisos unidos por una estrecha escalera, y en una hora única: las siete de la tarde. A decir verdad, yo hubiera podido contestar a quien me lo preguntara que en Combray había otras cosas, y que Combray existía a otras horas. Pero como lo que yo habría recordado de eso serían cosas venidas por la memoria voluntaria, la memoria de la inteligencia, y los datos que ella da respecto al pasado no conservan de él nada, nunca tuve ganas de pensar en todo lo demás de Combray. En realidad, aquello estaba muerto para mí. ¿Por siempre, muerto por siempre? Era posible.

En esto entra el azar por mucho, y un segundo azar, el de nuestra muerte, no nos deja muchas veces que esperemos pacientemente los favores del primero.

Considero muy razonable la creencia céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada; perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasamos al lado del árbol, o que entramos en posesión del objeto que les sirve de cárcel. Entonces se estremecen, nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía.

Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de su dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos.

Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto ante de que nos llegue la muerte, o que no lo encontremos nunca.

Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té.

Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo.

Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en, mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es juntamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No sólo buscar, crear.

Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que ella sola puede dar realidad, y entrarla en el campo de su visión.

Y otra vez me pregunto: ¿Cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes realidades? Intento hacerlo aparecer de nuevo. Vuelvo con el pensamiento al instante en que tome la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más; que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que va a probar captarla, aparta de mí todo obstáculo, toda idea extraña, y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero como siento que se me cansa el alma sin lograr nada, ahora la fuerzo, por el contrario, a esa distracción que antes le negaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de la tentativa suprema. Y luego, por segunda vez, hago el vacío frente a ella, vuelvo a ponerla cara a cara con el sabor reciente del primer trago de té, y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse; algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé qué, pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando.

Indudablemente, lo que así palpita dentro de mi ser será la imagen y el recuerdo visual que, enlazado al sabor aquel, intenta seguirlo hasta llegar a mí. Pero lucha muy lejos, y muy confusamente; apenas si distingo el reflejo neutro en que se confunde el inaprensible torbellino de los colores que se agitan; pero no puedo discernir la forma, y pedirle, como a único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero el sabor, y que me enseñe de qué circunstancia particular y de qué época del pasado se trata. ¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo de mi ser?

No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse en su busca. Y a cada vez esa cobardía que nos aparta de todo trabajo dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo.

Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va desagregando!; las formas externas también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos., adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.

En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tilo que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar porqué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina, y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando había buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.

Marcel Proust.
Por el camino de Swann

sábado, 13 de abril de 2013

El sistema



Fue una noche de primavera aún invernal. Aquella primavera de 2013 se hacía esperar como una una novia en el altar. En casa de Lola iban llegando los autores con la dosificación habitual, primero los puntuales, luego los tardones, como un servidor. Íbamos escogiendo un lugar en el enorme espacio diáfano que Lola había convertido en su hogar. Algunos no estuvieron; había agendas apretadas y había protestas por las reglas de los anfitriones. Las reglas de Lola eran, quien lo duda, las más severas  y solo los escogidos y los aguerridos tenían el coraje y el tesón de intentar cumplirlas hasta conseguir postularse como miembros de aquel selecto club que era una tertulia en casa de Lola.



El tema era “El sistema”. Hablamos sobre la monarquía, muchos éramos republicanos. Algunos nos abstuvimos de anotarlo. Aquella primavera de 2013, que casi parecía de invierno, las aguas políticas del país corrían turbias. Había escándalos y noticias de corrupción con cada periódico del desayuno. Había crispación, y pocas ganas de callarse. No nos había tocado un buen año para soportar las inclemencias del clima, político.



Hablamos de hombres, esos hombres, y yo hablé de mis chicos. Hablé de rencores y de venganzas. ¿Es eso parte de la educación? ¿Es lo mejor usar nuestro poder o dejar que las cosas pasen? No recuerdo si me mostré a favor o no a favor. El vino, ese vino afrutado tan rico que trajo José Ignacio, me hace recordar algunas cosas peor que otras.



Un poeta joven habló de escritores asesinos. Todos los escritores lo son, alguna vez, en su mundo de sombras. Pero él estaba estudiando a los que habían sido en el otro mundo, en el físico. Alguien le sugirió que siguiera con el estudio pero relacionando los dos mundos.



Shan está escribiendo, e ilustrando, un libro con las tensiones del mundo editorial que pone fechas límite a la imaginación y plazos.



Las fotos
El filtro usado con las fotos es Autopainter.

lunes, 1 de abril de 2013

TERTULIA DE MARZO DE 2013





Hola a todos!! Esperamos que las vacaciones de Semana Santa fueran un momento para recargar las energías y descansar. Aquí os dejamos la ultima tertulia sobre la envidia... esperamos que os guste.


"Robledo de Chavela desde mi ventana". Foto de Diana Isabel Toral

sábado, 9 de marzo de 2013

Tertulia en casa de Jose. La envidia

La versión de José C.J. 
¿Sabemos lo que queremos sin que nadie nos diga nada? ¿O aprendemos a querer de los demás? Yo opino que en el fondo nadie sabe lo que quiere. Aprendemos a querer cosas, a querer un coche, o un vestido, igual que aprendemos a hablar nuestra lengua. Sin darnos cuenta.



Manuel Defendió la versión opuesta. Él sabía lo que quería, dijo usando una metáfora de tres templos.



La felicidad según la metáfora de Manuel pone a una lotería primitiva como ejemplo máximo de logro en la vida. Pero ¿Es más feliz el que gana un premio de dinero en una rifa o el que lo consigue con su esfuerzo?



También me recuerda al perro de un experimento que leí hace tiempo, ignoro si el animal era uno de los torturados por Pavlov o si el científico tenía un apellido británico.



Leí que le ofrecieron una palanca que estimulaba su cerebro igual que la comida. Con el tiempo, el animal se acostumbró a pulsar la palanca y prefería pulsarla a hacer el esfuerzo de tomar la comida. Murió de hambre.



La felicidad sin más puede ser eso, una palanca. María dijo que sin amor no le interesaba ese mundo de tres templos, esa palanca de la felicidad, ese boleto premiado, esa píldora para sentirte bien…



El amor, siguiendo la misma idea, viene a ser algo parecido a un criterio. El amor es la inteligencia que acompaña al placer. Es ser feliz sabiendo que lo que vives es compartido, real. O al menos eso quiero creer.



Citamos a René Girard. Escribió "Mentira Romántica y verdad novelesca". El ensayo dice que en la literatura que ahonda la realidad, el héroe desea desde el mimetismo. Quiere lo que otro le propone. Alonso Quijano quiere lo que ve en los libros de Caballerías, Madame Bovary y Ana Ozores, lo que leen. En El rojo y el Negro, Julien Sorel quiere entrar a formar parte de una nobleza que es la envidia de la burguesía, pero que también la envidia.